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La extinción de las máquinas de escribir

En su momento, las máquinas de escribir eran un símbolo de modernidad. Toda persona las identificaba con lo eficiente, la oficina y el trabajo moderno. Es por eso que la  extinción de las máquinas de escribir resulta un fenómeno interesante.

Su hegemonía se extendió desde cuando fueron inventadas a principios del siglo XIX y se extendió hasta finales del siglo XX. Hoy los nativos digitales seguramente no saben de lo que estamos hablando.

Qué es una máquina de escribir

Una máquina de escribir es un dispositivo mecánico, electromecánico o electrónico, que mediante un conjunto de teclas (tipos), al ser presionadas, imprimen caracteres en un comúnmente en un papel.  Seguramente esta descripción no dice mucho a quien nunca vio una. Y hoy es común que mucha gente nunca haya visto una.

A quién escribía a máquina se le llamaba mecanógrafo (sería válido para quien escribe en una computadora también), y era común estudiar mecanografía o dactilografía (así se llama estrictamente al acto de escribir a máquina). Durante estos cursos se aprendía a escribir sin mirar el teclado, utilizando todos los dedos y a una gran velocidad (seguramente por la ideología de la eficiencia, era muy importante escribir muy rápido y sin equivocarse).

En las escuelas mercantiles, oficinas públicas y privadas había montones de estas máquinas. Lo que generaba una atmósfera única de ruido de metal chocando contra el papel sujetado en el carro contra el rollo.

Las hubo de carros anchos, las había portátiles tipo portafolios, grandes, livianas, pesadas y chicas. Había de todo tipo de maquinas.

La hegemonía de la máquina de escribir

Durante muchos años, escribir a máquina ere un requisito fundamental para una secretaria, sobre todo en el sector empresarial. En las oficinas gubernamentales, no todos lo sabían hacer y era muy gracioso ver como escribían con un dedo de cada mano. Muchas veces la mayor tardanza de un trámite era esperar a que escriban el documento a máquina.

Pero aun así, en juzgados, comisarías y ministerios, su presencia era fundamental. Ya que le imprimía al documento un grado de validez casi equiparable al de un sello.

Inclusive en mi escuela, mecanografía era una materia que teníamos en primer y segundo año.

Durante el auge de la dactilografía nacen los correctores para ocultar equivocaciones. Los había líquidos que eran los más modernos, otros que eran una cintita que se pegaba sobre el error y otros más viejos que eran lápices cuya mina era un borrador de tinta y en cuyo extremo opuesto tenían una pequeña escobilla.

El principio del fin

Hacia la última década del siglo XX, la irrupción de la PC en los hogares, empresas y administración pública de manera realmente masiva fue sin duda el hecho que marco el fin de una era.

Las computadoras ya no eran tan caras, usarlas era bastante fácil con el Windows 3.1 y las impresoras se hicieron muy populares.

Estrictamente, hasta la aparición de impresoras confiables, las máquinas de escribir seguían subsistiendo. Pero con el auge de las impresoras de matriz de punto ya no hubo más necesidad de máquinas mecánicas. Estas impresoras imprimían rápido y barato. Hacían ruido pero menos tiempo que el que lo hacía una máquina. Eran más eficientes. Ese fue el motivo extinción de las máquinas de escribir.

Así que finalmente las máquinas fueron quedando si uso sobre algún armario, para finalmente desaparecer de los espacios de trabajo. La materia mecanografía se dejó de dictar en mi escuela.

El misterio de las máquinas desocupadas

En mi casa había al menos tres máquinas de escribir. En mi escuela debe haber habido cerca de 40 máquinas. En cada juzgado, hospital, repartición pública, oficina y comisaría había al menos siempre una máquina.

Entonces, en dónde están todas esas máquinas ahora. En dónde está toda esa cantidad de hierro y plástico. Porque piénsenlo, eran realmente muchas y de un tamaño bastante visible. Ya hablamos en otro momento del destino de los teléfonos fijos.

El destino final de estos aparatos es tal vez el mayor misterio sobre la extinción de las máquinas de escribir. Me tortura la idea de pensar que algún día puedan ser objetos de colección y que costarán un montón de plata. Y yo no sé en dónde están mis máquinas.

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